Tanto en el deporte, como en la vida, se enseña el error como «algo malo», algo que hay que evitar. Aceptar el error no es conformarse, sino liberarse. Es dejar de gastar energía en tapar la falla y empezar a invertirla en mejorar lo que es posible. Esto no te quita valor, te da dirección.
Por supuesto, no hay que buscar el error adrede, simplemente aparecerá como algo natural, no como una anomalía, sino como un compañero de viaje.

Aparece en los días buenos y en los días que las cosas no fluyen. Y sin embargo, seguimos tratándolo como un intruso, como si fallar fuese una señal de debilidad y no de humanidad.
Nos educan para evitar el error, no para convivir con él. Pero el crecimiento real empieza cuando dejamos de verlo como una amenaza y lo reconocemos como parte del proceso. El error es el momento exacto que despierta al cerebro de su letargo y le devuelve la curiosidad de la primera vez.
El error nos revela información, nos muestra límites y señala aspectos que aún no dominamos. Abraza la equivocación: es un espejo honesto.
Se trata de desdramatizar el error, de cambiar de perspectiva y empezar a trabajar con él. Observa, ajusta, integra.
Ante el error tenemos dos posibilidades: o retrocedemos o aprendemos. Y esa elección repetida es la que construye carácter e identidad.
Recuerda que el error nos hace humanos, nos aterriza, nos recuerda que estamos en movimiento, que estamos aprendiendo, intentando y que estamos vivos.
Cuando comprendes esto, no temes fallar, temes no intentarlo.
El error es amenaza o información valiosa. Tú decides.

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