La vida deportiva de un atleta atraviesa por todo tipo de situaciones duras, difíciles e incluso situaciones que llevan al límites de las capacidades, esos son «diamantes» disfrazados, momentos que sin dudas hacen crecer tanto el nivel deportivo como la persona misma, ya que ambos aspectos están íntimamente relacionadas. Cuando la cosa se pone difícil, sea el momento que sea, el deportista está ante su «instructor» más exigente.
En el deporte tanto amateur como profesional, te acostumbras que «la adversidad es una compañera de viaje», que sabes muy bien que puede aparecer en cualquier momento, incluso cuando las cosas parecen marchar muy bien; en ese momento te das cuenta que un obstáculo en el camino es parte del juego. Los momentos más duros como una ir perdiendo, una derrota inesperada, la expulsión de un compañero, una lesión o un bache en el rendimiento, son en realidad «diamantes en bruto», son mensajes profundos que debemos aprender a descifrar su verdadero significado (no el que se ve sobre la superficie).

Sin esa presión de un contrincante o de una derrota, el talento se estanca. Por este motivo, esos momentos difíciles tanto de entrenamientos como de competencia son duros pero al mismo tiempo necesarios para seguir creciendo, ya que nos obligan a mejorarnos, a descubrir fortalezas ocultas que el éxito suele adormecer. Las exigencias tanto de entrenamientos como de competencia no vienen a frenarte, sino que ponen a prueba diversas habilidades blandas que se deben trabajar como la resiliencia, la inteligencia emocional, la concentración, el diálogo interno, la toma de decisiones, entre otros. Sin dudas, que al poner a pruebas estas habilidades invisibles, el deportista se ve obligado a evolucionar para, no solo sostener el rendimiento, sino incluso mejorarlo.
«Empieza donde estás. Usa lo que tienes. Haz lo que puedas»
Arthur Ashe.
Por supuesto, todo esta exigencia que pone a prueba a un deportista (sea de élite o amateur), no solo mejora su rendimiento deportivo, sino que además, son herramientas muy útiles que podrá aplicar para su vida personal. Es que el deporte es una escuela en sí mismo, dónde valores y diversas habilidades conviven forjando un mejor ser humano. La enseñanza es muy clara, cuánto mayor es el revés, mayor poder tiene ese «diamante oculto».
Como resultado, el deportista atraviesa un proceso de auto-conocimiento, de introspección, un viaje hacia uno mismo en el que descubrirá aspectos de su carácter o personalidad que estaban allí pero permanecían ocultos. En el momento que el deportista confronta sus propias ideas preconcebidas, ahí es cuando la verdadera evolución comienza a despertar, haciendo consciente lo que antes permanecía inconsciente y desafiando así sus propios límites.
Las adversidades que nos presenta el deporte son mensajes de alto nivel que transforma la presión en combustible. Aprender a interpretar y re-significar la adversidad como ventaja competitiva, vital para el crecimiento y la evolución de la carrera deportiva.
¿Y si la adversidad es el entrenamiento que no sabías que necesitabas?
Fidalgo Rubén.
